Pepinos.

Nunca supe mucho sobre tener mascotas.
Mi primer cachorro se lo tuve que dejar a la señora que vendía caldo de gallina a la espalda de mi casa. Yo no sabía limpiar cacas de nadie y mi madre ya estaba harta de hacerlo.
Así que me la pasé llorando exactamente una semana hasta que pude conseguir una de esas bolsitas de peces que llevaba un ancianito todos los días a la salida del colegio. Cuánto vivieron es todavía un misterio para mí. Después de eso, solo logré tener una suerte de affair perruno con mascotas ajenas. Digo perruno porque ningún otro animal parece hacerme caso.
Hace poco, adopté un conejo. El mismo que caga donde quiere, orina encima mío, se escapa y me hace subir y bajar todas esas escaleras que me hacen sentir, en todo el cuerpo, los 30º que acechan a la ciudad. Es ese el mismo conejo que me acompaña cuando estoy más sola, el que me revuelve la panza cuando se lava la cara y el mismo que me ha hecho dar cuenta de que no sirvo para ser mamá.
Gracias, Pepinos.

 

 

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