Soliloquio I :: Vanessa.

“Mi última decepción amorosa se
dio con un chico que era lo más hermoso de la vida.


Lo traté muy mal.
Confundí, de manera inconsciente, mi relación
antigua con esta. Mi antiguo novio siempre estaba ahí, así
que yo probaba hasta dónde iba a llegar este. Así que él, un día, se
aburrió de ser un chico bueno y se olvidó de ser atento.
Me dijo que sabía que yo jamás lo iba a
querer como él me quería. Y tenía razón.
Él y yo hemos llorado infinidades.
Lo que sucedió es que yo no me
supe dar cuenta”.

– Vanessa, 21 años –

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Hemos tenido muchos amores en la vida. Nacimos bajo el amor de mamá, aprendimos a querer a papá y entendimos que, aunque estuvieran más lejos de nosotros en la jerarquía familiar, habían personas que nos amaban de la misma manera.

Aún así, nadie nos preparó para el siguiente paso en la vida. Naces, creces, te reproduces y mueres, ¿pero en qué momento te enamoras? ¿Qué suerte de dolor de estómago era ese que sentíamos? ¿Por qué nadie tuvo la decencia de advertirnos que enamorarse no era ni tan fácil ni tan indoloro como creíamos?

Hablamos de él, pero no sabemos de qué trata. Decimos ‘amor’ cincuenta veces al día, pero no podemos definirlo en palabras.

Es como si intentáramos convencernos de que está ahí aun cuando no reparamos que todavía no tenemos la mente para comprender todos los aspectos de su abstracción.

Después de todo, como dijo Theodore en Her: “El amor es la única forma de locura socialmente aceptada”.

 

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